La muerte de George Floyd durante una discutible actuación policial ha dado lugar a un fuerte rechazo por parte de las comunidades afroamericanas hacia la policía y hacia la manera de llevar a cabo las funciones policiales (“policing”). El “I can´t breathe” y el “Black Lives Matters” han sido los precursores del resurgimiento de perspectivas críticas radicales. A saber: “Abolish / Defunding / Dismantle / etc. the police”. O bien, “(to) End of Policing”.

Quizá algunas personas lectoras pueden pensar que el American Way of Policing nos pilla lejos, tanto física como ideológicamente, pero no está de más recordar los paralelismos patrios en materia de Zero Tolerance que importamos de Estados Unidos de América: ciertas formas de supresión de yonkis y sintecho en la ejemplar Barcelona´92; el “barrer las calles” de Aznar en las elecciones del 96 bien traducido de Giuliani, Alcalde de NYC en la época; o el frecuentemente olvidado diseño de patrullaje intensivo, extensivo y orientado a la marginación casi exclusivamente de la Marbella noventera, auspiciado por el GIL y Gil, su presidente y a la postre Alcalde de la ciudad.

Tampoco debemos olvidar sucesos pasados en otros países: que la gestión de los disturbios de los banlieus parisinos le debió mucho a las formas de suprimir las protestas obreras en el S. XIX no es ninguna novedad. De hecho, el París actual le debe mucho a Haussman, quien rediseñó las calles del centro de París para evitar las barricadas (cuestión que, por cierto, también copió Cerdá en Barcelona, siendo un ejemplo claro la Via Laietana, por ejemplo).

También podemos recordar las nefastas consecuencias de ciertos estilos de “hacer policía” en Los Ángeles de finales del siglo pasado, con lo acontecido en la ciudad en 1992. En este caso, una grabación de una paliza a Rodney King en 1991 entre cuatro agentes de policía fue la leña que ardió un año después con la absolución de éstos: estalló la revuelta y la reacción de la policía dejó bastante que desear. Los Ángeles ardió, literalmente, pero la llama simbólica nunca se apagó.

 

Fuck Tha Police

En realidad, los movimientos críticos con la policía y los deseos de acabar con ella, pedir su refundación o repensar sus funciones no surgen a la par que estos problemas, sino que proceden de antes. Mucho antes de que N.W.A. publicara su álbum Straight Outta Compton en 1988, el cual contenía un himno para ciertos movimientos sociales, el Fuck Tha Police, que retrata un proceso judicial en el que discriminación y mala praxis policial se entremezclan con expresiones no muy cariñosas, ciertamente. De hecho, después de la muerte de Floyd, la versión remasterizada de 2000 se llenó de comentarios al respecto de este suceso.

Los movimientos críticos desde las ciencias sociales y el Derecho ya habían estado criticando el uso de la policía y a la policía misma años antes. Con un mayor estilo literario y mejor gusto por la lengua, pero también con mayor contundencia, puesto que atacaban a la base misma del sistema y a la filosofía que lo guiaba (y guía), cuestionando no sólo el cómo y el qué, sino todo el aparato jurídico-penal y los correspondientes subsistemas de control social formal.

El uso de la fuerza

Dejando a un lado la legitimidad del uso de la fuerza, la clave está en el cómo se usa ésta. En Estados Unidos se han venido sucediendo iniciativas para mejorar las ratios de representación de los colectivos minoritarios en las diferentes agencias de policía. No obstante, estos esfuerzos no parecen haber surtido efecto en materia de detenciones de dudosa legalidad. Legitimidad al margen, insisto. Tampoco parece haber tenido efecto en materia de disparos a sospechosos, ciertamente.

Por tanto, quizá uno de los principales esfuerzos a acometer es el entrenamiento en el uso de la fuerza. Hasta el ansioso y descuidado Luke fue capaz de instruirse en ello. El gran problema pivota en qué actores están dispuestos a reencarnar el papel de Yoda (la academia es un buen lugar, pero no el definitorio) y, en última instancia, tenemos un escollo casi insalvable en la figura de Obi Wan, que parece más dispuesto a seguir con la ley y el orden cueste lo que cueste que a acometer necesarias reformas en materia de instrucción policial. Parece, pues, difícil que convenza a los instructores para que los agentes de policía que empiezan su carrera profesional se instruyan en un correcto dominio del uso de la fuerza.

El oscuro Lord

Llegados a este punto, no debemos olvidarnos de otra cuestión altamente relevante: le pedimos a la policía mesura, pero no podemos olvidar a quién nos enfrentamos cuando salimos a la calle.

En este primer volumen encontramos un texto de Jerry Ratcliffe sobre el particular, en el que se pone de manifiesto, datos mediante, que la policía en Estados Unidos está patrullando entre la población más fuertemente armada del mundo.

A su parecer, el buen uso de los medios coercitivos por parte de la policía se ve afectado por la incertidumbre de qué sucederá cuando intentes abordar a un ciudadano o detengas un vehículo. En una suerte de paralelismo telepático, a colación de los recientes incidentes en el Campo de Gibraltar, ciertos actores policiales recordaban el dicho que reza: “antes de que llore mi madre, que llore la suya”.

Salir a la calle con este temor y esta predisposición no es quizá la mejor receta.

Texto traducido de Jerry Ratcliffe

Otra semana en América, otro tiroteo policial[1]

Otro tiroteo de la policía sobre un hombre negro con mala pinta. Otra semana en América.

Jerry Ratcliffe[2]

 

El tiroteo sobre Jakob Blake en Kenosha, Wisconsin, provocó tres noches de protestas o disturbios (según tu punto de vista) y dos muertes, provocadas por Kyle Rittenhouse, de 17 años. Twitter se disparó tras estos hechos, acaecidos justo después de la terrible muerte de George Floyd.

Numerosos comentaristas compararon el tratamiento de Rittenhouse con Blake, y alguna cosa hay. Lo que me sorprendió fue ver a muchos profesores universitarios que conozco compartiendo diferentes versiones sobre el tema. Como cualquier profesorado de estadística debería haberles enseñado, un estudio con N=2, en los que ambos casos son excepcionalmente no representativos no ofrece ninguna posibilidad de análisis. Es una selección sesgada. Juzgar el trabajo policial en función de valores atípicos, aunque extremos y atroces, es como etitquetar a todas las personas blancas en función de los comportamientos de Ted Bundy o Charles Manson.

Sin embargo, éste es un tema menor. Lo más preocupante entre mis amigos progresistas es la falta de un objetivo claro y concreto del activismo. ¿Hacia dónde van a dirigir los jefes de policía y las comunidades sus esfuerzos si no hay un destino claro?

Por ejemplo, el movimiento Black Lives Matters (las vidas negras importan)[3] busca “la libertad y la justicia para la gente negra y, por extensión para todas las personas”, lo cual es loable y se comparte plenamente, pero es absolutamente inespecífico. ¿Quiere esto decir que debe haber cero disparos de la policía hacia gente desarmada en la primera línea del sistema de justicia penal? ¿Ningún disparo por parte de la policía? ¿Ningún incidente policial negativo nunca y en ningún lugar?

No he escuchado aún ninguna respuesta clara y definitiva sobre si estos objetivos son realistas o sobre si podrían ser cuantificados. Y, como cualquier analista te diría, las metas deben ser SMART (eSpecíficas, Medibles, Alcanzables, Realistas y limitadas en el Tiempo)[4]. Así pues, ¿por qué es la erradicación una utopía? Echemos un ojo a los números.

 

Muchas personas con muchas armas

La policía tiene contacto directo con la comunidad alrededor de unos 75 millones de ocasiones cada año. Sospecho que la Oficina de Estadística Judicial (OEJ) informa reporta muchos menos casos que las interacciones reales, pero no podemos ocuparnos de eso ahora. De acuerdo con otro informe de la OEJ, existen casi 700.000 agentes de policía en agencias policiales ordinarias. Cuando añades otros 100.000 agentes del ámbito federal y 60.000 agentes de carácter especial (campus, aparcamientos, etc.), obtenemos la cifra de ochocientos sesenta mil agentes encargados de realizar funciones policiales.

Para dimensionar estas cifras, un número de agentes de policía similar al número de habitantes de Indianápolis[5] interactúa con la población más fuertemente armada del mundo (120 armas por cada 100 personas) más de 75 millones de veces al año. ¿Es realista pensar que, ocasionalmente, alguna de esas interacciones no va a dar lugar a un tiroteo con un fatal desenlace?

Y así sucede, alrededor de mil veces al año (de acuerdo con la base de datos del Washington Post). Un sesenta por ciento de las personas muertas por disparos de la policía estaban armadas con una pistola. Esto supone once personas armadas cada semana en América.

 

Un sesenta por ciento de las personas muertas por disparos de la policía estaban armadas con una pistola

 

En 2019, 399 personas desarmadas fueron disparadas con resultado de muerte. Sólo 55 fueron calificadas como “no armadas”, por lo que muchas de ellas estaban blandiendo algún objeto. Por ejemplo, en 2019, 142 personas portaban un cuchillo, 7 un hacha, 7 una espada y 27 un arma de juguete o réplica. Éstas últimas son claramente inofensivas, pero también inducen a la confusión. Las réplicas son cada vez más realistas. En caliente, en una intervención, es difícil apreciar la diferencia y pueden cometerse errores (tampoco sabemos cuántas personas armadas con este tipo de armas de réplica no mueren por disparos de la policía porque ésta ha realizado una correcta evaluación en el momento). De cualquier modo, es difícil apreciar las diferencias en el mejor de los casos.

Si excluimos a las personas armadas con pistolas, cuchillos, catanas, espadas, Taser, hachas, machetes, pistolas de clavos, pistolas de fogueo o réplicas, encontramos que el número de tiroteos de la policía que podríamos considerar como innecesarios, desmesurados o injustificados es de doscientos tres. Esto arroja una tasa de 2,7 muertes injustificadas por millón de contactos entre policía y comunidad (y sí, esto podría cambiar si se pudiera crear una lista diferente de armas o de tipologías de armas).

 

Tiroteos innecesarios o desmesurados

De los 203 de esta naturaleza: ¿cuál es la distribución de raza/etnia de las víctimas? 36 fueron hispanas, 43 negras y 84 blancas (existen 40 casos clasificados como “otros” en los que esta información no estaba disponible). Basándonos en la tasa de interacciones entre policía y comunidad, encontramos 4,6 disparos innecesarios por millón de interacciones sobre la población negra, 3,7 sobre la hispana y 1,6 sobre la blanca.

Habida cuenta de que no parece que haya protestas o disturbios cuando se dispara sobre personas blancas o hispanas, centrémonos en las muertes de negros. 14 estaban desarmados o, ampliando la categoría como yo lo hago, hubo 43 víctimas negras por disparos de la policía. Cada tiroteo es una tragedia, pero los de esta naturaleza son especialmente trágicos para las víctimas, las familias y las comunidades. ¿El número debería ser de cero? Absolutamente. Pero, ¿es una meta realista? Ocurren en una tasa de menos de 1 por millón de contactos entre policía y comunidad.

Esperar que en una población policial del tamaño de Indianápolis no haya personas racistas, de gatillo fácil, de mal carácter o personas que, en un momento dado, son impulsivas, es, sencillamente, irreal. ¿Deberían estar estas personas en la policía? Por supuesto que no, pero es difícil identificarlos antes de que se unan a la policía y falta mucha evidencia sobre qué factores predicen comportamientos inadecuados y desmesurados. Pero, del mismo modo, esperar que en una población del tamaño de Indianápolis no se den errores a lo largo de 75 millones de contacto tampoco es realista. Una meta de cero tiroteos policiales, en América, es sencillamente una utopía, previendo el futuro. Hay demasiados ciudadanos armados y, a algunos de ellos, les gusta disparar a la policía.

 

Una meta de cero tiroteos policiales, en América, es sencillamente una utopía, previendo el futuro. Hay demasiados ciudadanos armados y, a algunos de ellos, les gusta disparar a la policía.

 

Esta meta de cero tiroteos innecesarios es loable y la apoya cualquier agente de policía que conozco, pero es igual de irreal al mismo tiempo. Minimizar el número de estos incidentes claramente un objetivo importante, pero con 75 millones de interacciones entre policías armados y ciudadanos fuertemente armados, van a ocurrir eventos negativos.

Una idea que tiene cierto mérito es la de que podríamos reducir el número de contactos entre policía y comunidad. Existen muchos incidentes a los que la policía no querría acudir y que estarían mejor tratados por trabajadores sociales o por profesionales de la salud mental. Pero también tenemos evidencia de que algunas estrategias policiales de carácter proactivo reducen la delincuencia. Además, algunas voces han reconocido que en comunidades con altas concentraciones de delincuencia la ciudadanía corre peligro sin la presencia de la policía.

 

Así pues, ¿qué deberíamos hacer?

 

En primer lugar, todos los disparos por parte de la policía deberían ser investigados por una agencia externa, de manera rápida, exhaustiva y transparente. Deben reconocerse los errores y aprender de ellos. Los agentes involucrados en tiroteos escandalosamente injustificados deben ser procesados (como en el caso de Walter Scott).

En segundo lugar, debería retomarse con fuerza un esfuerzo, con carácter nacional, para investigar las circunstancias de los tiroteos por parte de la policía, con el fin de aprender lecciones de carácter situacional y policial, como realizar la Agencia Nacional de Seguridad Aérea en el caso de la seguridad de los aviones.

En tercer lugar, ¿podemos reconocer, al menos, que el alto y desenfrenado nivel de posesión de armas en el país puede afectar a los contactos entre policía y comunidad? 48 agentes de policía murieron por disparos en 2019. Reducir el número de armas de fuego en América podría mejorar la seguridad, tanto para las comunidades como para los agentes de policía.

En cuarto lugar, se suele decir que un jefe de policía está a una parada de coche equivocada de perder su trabajo. Generalmente, mientras duerme en casa. En ocasiones, despedir a los jefes de policía después de un tiroteo grave puede estar justificado, pero casi siempre es un gesto vacío de contenido que puede eliminar a los jefes de corte progresista e introducir más incertidumbres dentro del departamento de policía, lo cual retrasa los cambios relevantes.

Como ha señalado Peter Moskos, las políticas actuales de desescalada de los conflictos generan una prolongación del incidente, cuando no, involuntariamente, generan una escalada del mismo. Merece la pena examinar estas políticas desde el la perspectiva basada en la evidencia científica.

Para finalizar, las comunidades juegan un papel fundamental a la hora de determinar cómo les gustaría que funcionaran los departamentos de policía. La reducción de la violencia puede significar asumir que aumentar la vigilancia y realizar un patrullaje activo puede ayudar a disminuir ciertos problemas comunitarios, pero también aumenta la posibilidad de que existan errores.

Con todo esto en mente, debemos gestionar también la percepción de la ciudadanía, en tanto en cuanto debe hacerse entender que si bien los tiroteos innecesarios o injustificados son excepcionales, éstos no van a desparecer. Y aquí juegan un papel relevante tanto los medios de comunicación como los comentaristas de corte progresista: si no se entiende que erradicar estos hechos es imposible, las comunidades tendrán expectativas poco realistas, viviendo en una decepción permanente. Esta cuestión afectará a la moral de las comunidades y de la policía, lo cual obstaculizará el progreso, en sentido positivo.

Podemos minimizar los tiroteos inadecuados, pero no eliminarlos.

 

Créanme: desearía que la situación fuera otra, pero por ahora, lo que mejor podemos hacer es minimizar los tiroteos inadecuados. No eliminaros. Insinuar que podemos eliminarlos es, sencillamente, poco realista y falso, además de perjudicial para las relaciones entre la comunidad y la policía. Nada de esto va a ayudar a los vecindarios con altas tasas de concentración delictiva, que son los más necesitados de la seguridad que el Gobierno ofrece.

 

Algunas advertencias sobre esta publicación:

No conocemos las circunstancias de la mayoría de estos tiroteos. En algunas ocasiones, disparar sobre personas armadas podría haber sido innecesario y, en otras, disparar sobre personas desarmadas podría haberlo sido. Además, la base de datos del Washington Post no es perfecta, aunque se use cotidianamente, sea de consulta gratuita y mejor eso que nada. La distinción de la persona lectora sobre qué constituye una amenaza letal para alguien puede diferir de la mía, como los cinco casos en los que se portaba un bate de béisbol y los otros dos en los que se portaban destornilladores, que no incluí en el análisis como potencialmente letales. Un ladrón de coches intentó apuñalarme con un destornillador una vez.  Lo sentí como potencialmente letal.



[1] El texto original, en inglés, fue publicado el 27 de agosto de 2020 en: https://www.jratcliffe.net/post/another-week-in-america-another-police-shooting

Traducción a cargo de Pedro Campoy Torrente, con permiso expreso del autor.

 

[2] Jerry Ratcliffe es un ex oficial de policía británico, profesor universitario en el Departamento de Justicia Penal de la Universidad de Temple en Philadelphia (EE. UU.) y presentador del podcast Reducing Crime. Ha sido asesor de investigación del FBI y del Comisionado de Policía de Filadelfia, instructor de la academia de inteligencia de la ATF y miembro del Consejo de Capacitación y Educación para el Cumplimiento de la Ley del FBI, y es autor de más de 90 artículos de investigación y nueve libros, siendo el más reciente Reducing Crime: A Companion for Police Leaders.

[3] N. del T.

[4] Specific, Measurable, Achievable, Realistic, and Time-bound, en el original. Las mayúsculas de la traducción son una licencia del traductor.

[5] Indianápolis cuenta con una población estimada de 876,384 pesonas en el año 2019, según datos de la Oficina del Censo de Estados Unidos. N. del T.

Cambiar el final

Se comenta en los foros del fandom que Lucas cambió el final de la mejor película de la saga Star Wars. La pregunta es: ¿puede cambiarse el curso de los acontecimientos en plena oleada de indignación?

Entre otras voces autorizadas, en este número hemos preguntado a Tracey Meares y a Alex Vitale sobre el particular.

La respuesta del primero es clara: la policía no debe ser reformada ni, mucho menos, re-legitimada. De la misma manera, tanto las funciones de la policía como la manera de realizarlas, así como las capacidades operativas de estas agencias no deben ser financiadas. Desde su punto de vista, esto resta capacidad de invertir donde realmente se necesita: políticas de acceso a la vivienda, de salud mental, etc. Por tanto, la inversión en control policial es tan ineficaz como innecesaria.

 

El corolario es contundente: en tanto el esfuerzo económico hacia estas agencias está mal concebido y ejecutado, no se necesita invertir en ellas, sino en mecanismos asistenciales.

Por su parte, el mensaje de Tracey Meares también es claro, como podrá verse en su entrevista: resulta evidente que debe realizarse una inversión fuerte en materia de políticas sociales (acceso a servicios básicos, prestaciones por desempleo, acceso a un hogar, salud mental o asistencia a colectivos desfavorecidos).

No obstante, destaca que para que estas inversiones resulten eficaces y efectivas, también debemos pensar en qué podemos hacer, qué no puede modificarse y qué puede cambiarse tanto en materia de funciones policiales, intervenciones en las comunidades y asistencialismo.

Para ello, resulta clave fortalecer las relaciones entre las comunidades y las agencias de control, trabajando conjuntamente con el fin de mejorar la legitimidad de las mismas. Ello quiere decir “con” la comunidad y “en” la comunidad, por lo que es fundamental establecer mecanismos de comunicación entre los distintos actores.

 

De hecho, Meares señala que los mensajes “simples”, tales como abolir o desinvertir en la policía, son el camino “fácil”, simple: lo complicado es mejorar las condiciones de vida en las comunidades, lo cual también implica seguridad. Y, por tanto, debe realizarse un esfuerzo en reorientar la manera de llevar a cabo el policing y de estructurar las organizaciones policiales.

La manera de llevarlo a cabo, desde este punto de vista, pasa por realizar propuestas, intervenciones y, por supuesto, evaluaciones, bien fundadas teóricamente y avaladas por los mejores datos disponibles.

Entre otras cuestiones relevantes, también resulta evidente que deben mejorarse y, en su caso, establecerse, mecanismos de control eficientes y eficaces para supervisar las labores policiales. Desde luego, para ello, debe reflexionarse sobre para qué necesitamos el control formal, cómo y dónde usarlo y, más relevante aún, si los medios y mecanismos empleados se adecuan a las necesidades en cada comunidad, en cada barrio.

Desde luego, una ardua tarea, pero necesaria, si la finalidad real es la de mejorar, huyendo del mero eslogan. Y, consecuentemente, también requerida de recursos económicos y humanos.

También es evidente que el rol de la academia y de la evidencia científica es particularmente necesario para conseguir mejoras tangibles.

¿Son tiempos adversos para la rebelión?

Debo decir que albergo ciertas dudas sobre si el Imperio está listo para cambiar.

En primer lugar, porque debería dejar de fomentar la autoprotección basada en la adquisición de armas. Pero, más importante aún, porque esta medida vendría a suponer una importante pérdida de legitimidad de cara a los potenciales votantes de la actual Administración. De la supuesta mayoría “racial”, si es que debiera utilizarse el término.

Antes la dejé de lado interesadamente, pero ahora sí toca hablar de ella, dado que otro importante autor, como es David Kennedy, nos brinda un texto para este primer número en el que insiste en que el principal problema reside en la pérdida de la legitimidad.

En la línea de otras insignes personas académicas (la misma Prof. Meares, o el Prof. Tyler), el Prof. Kennedy nos muestra que cuando se sucede un hecho de violencia policial contra las minorías, tras las posteriores revueltas, las comunidades retiran la confianza en la institución, lo cual aumenta las tasas de violencia.

Esta cuestión resulta crucial en un entorno en el que, ante problemas sociales, las primeras instancias de respuesta son las policías y no los mecanismos asistenciales.

Retomando además el aspecto relativo al uso de la fuerza, Kennedy nos indica que, por si lo anterior fuera poco, nos encontramos con que estos primeros respondientes son ingobernables, en tanto en cuanto no se les fiscaliza. Y, cuando esta labor se lleva a cabo, no suele haber grandes consecuencias ante las malas praxis. Incluso, los agentes bien entrenados parecen perderse entre las redes de las malas prácticas con el paso del tiempo.

España es diferente

Desde nuestra perspectiva, tendemos a pensar que estas cosas no suceden en nuestro entorno y que situaciones como las que se están viviendo en Estados Unidos son difícilmente comparables.

Bien cierto es que, como regla general, los agentes de las policías españolas no se enfrentan a una ciudadanía armada. Pero ante demandas de “ley y orden”, algunas personas policías también llevan a cabo actuaciones francamente mejorables desde el punto de vista técnico, académico y humano. Algunos ejemplos los hemos visto durante la (fundada) psicosis generada durante el confinamiento, con la diferencia de que la vecindad española pedía mano dura contra los “infractores” que se saltaban el confinamiento.

¿Tan lejos estamos de la manera de hacer policing de Estados Unidos?

Al principio puse unas muestras de cómo las prácticas estadounidenses habían llegado a España hace unos años, pero no está de más recordar algunos discursos que, hoy en día, empapan la cotidianeidad de las redes sociales.

Por ejemplo, señalar a las minorías como causantes de toda la delincuencia que ocurre en ciertas regiones o barrios está siendo frecuente, tanto desde actores políticos como desde organizaciones supuestamente ciudadanas.

También tenemos buenos ejemplos de demandas de mano dura ante cualquier hecho más o menos luctuoso, pero contrario a la paz ciudadana, sin importar más que el hecho publicado en sí, prescindiendo de otras variables de análisis.

Cómo no, también encontramos casos de recuperación de unidades policiales desmanteladas por gobiernos municipales de carácter “progresista” en ciudades como Badalona, como la Unidad Omega.

Pero este discurso no es únicamente conservador: las demandas de tolerancia cero y de mano dura son transversales a todo el espectro ideológico en nuestro país. Y, cómo no, con cada tema concreto (en función del paraguas ideológico), son demandas también ciudadanas.

La academia no llega a la ciudadanía salvo cuando las conclusiones de los estudios benefician estos discursos, vengan de la izquierda, el centro o la derecha. Y esto es un grave problema.

En los medios de comunicación no he leído ninguna reseña de ninguna publicación en este sentido, como el libro del Prof. Santiago Redondo titulado In-tolerancia cero. Sí, de vez en cuando, en las noticias sobre el aumento de delincuencia en nuestro país, he leído algún párrafo contrario a este hecho, desde el punto de vista científico, pero disuelto en el titular.

Así las cosas, considero crítico no asistir impasibles a la brecha que se está abriendo en nuestras comunidades, especialmente, desde las instancias generadoras de conocimiento, las Universidades.

Controlar la actividad policial, repensar las funciones que esta agencia de control tiene, mejorar los mecanismos de asistencia ante problemas sociales y, especialmente, comprender que la tolerancia cero y la mano dura generan más problemas que beneficios, entre otras cuestiones de hondo calado, son aspectos que desde la academia española se ha ido trabajando intensamente en los últimos años.

El siguiente paso es llegar a la ciudadanía y a los poderes públicos. Sin arrogancia ni reproches, pero con firmeza y con el convencimiento de que la ciencia es el mejor camino para resolver los problemas y ayudar al prójimo.

 

Al fin y al cabo, para eso existen las ciencias sociales. Y, para este menester también está PostC: para divulgar la mejor ciencia disponible y conectar a la ciudadanía con la academia.